Un folio en blanco, un bolígrafo que da vueltas sin parar entrelazándose entre los dedos, sin parar quieto, sin dejar de moverse, de girar sobre sí mismo, de fondo una ventana con una vista inmejorable, y aún así la tinta no llega a tocar el papel…
Un pensamiento, otro, otro más, todos desechados por la desidia aumentada por el calor del día, el sueño del aburrimiento, la apatía de la no ocupación. Cómo puede alguien no saber de qué escribir viviendo en Sevilla, conociendo sus calles, sabiendo que aún le quedan por descubrir rincones, verdades y mentiras, leyendas, todas, de mi ciudad…
Cómo no puedo saber de qué escribir con este sol, con estos parques con este cielo, que aunque suene a tópico, tiene un color especial, cómo no saber decir un piropo a semejante belleza. Cómo puede alguien no saber qué escribirle a Andalucía, a sus pueblos blancos, a su cultura que no sólo es flamenco y baile, que no sólo es el folklore fácil que nos venden por ahí…
Cómo no saber decirle guapa a la belleza, cómo no saber deleitarse con el viento fresco de una mañana a la orilla del Guadalquivir, cómo no saber piropear al piropo, al encanto, a la hermosura de sus flores, de sus naranjos, de su arquitectura con tintes moros que definen nuestra personalidad y nuestros rasgos…
Cómo no saber escoger la palabra definitoria, la frase perfecta ante la perfección, cómo es posible que el extranjero, aquel que viene de tierras lejanas sepa decirle tantas cosas a mi tierra y yo no sea capaz de rendirle el homenaje que se merece, de vertir las palabras que la describan y que haga llegar su aroma especial, su delicada fragancia, sus colores…
Cómo no saber qué decir, cómo me quedo sin palabras ante el verde de sus campos, el azul de sus mares, el color envejecido de sus Cristos, las fachadas envejecidas de sus iglesias, los adoquines de sus calles, las historias de sus barrios, el sabor de su encanto; a naranja y azahar, una mezcla de lo ácido y lo dulce, que se unen para teñir de un ambiente diferente cada momento, para embriagar el aire del ambientador eterno proveniente de sus plazas con embrujo, de sus alamedas encantadas, de sus caminos perdidos…
Cómo no saber explicaros la paz que se siente al sentarse al fresco, allá por la amanecida de cualquier día, en el banco de cualquier plazoleta, a la sombra del limonero que te trae el aire fresco de la mañana con tintes cítricos, que te hace respirar hondo y llenar los pulmones, un soplo fresco en medio de una ciudad que adaptándose a los tiempos no cambia su personalidad, no pierde su embrujo y te sigue absorbiendo, sigue haciéndote parte de ella, te arrastra a los más profundo de su ser, para que ya nunca puedas arrancarla de tus entrañas, donde anidará para siempre…

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